LA CLAVE ES EL BALANCE

Es un karma y lo llevo en mi desde chica. Soy adicta a esto. A estar activa, a generar ideas, a lo intelectual, al trabajo arduo. Y una vez que lo logro a perfeccionarlo. Estoy en todos los detalles empujando por más. No por ambición sino por llegar al resultado que imaginé.

En una suerte de mea culpa, me atrevo a decirles en estas lineas que salen casi a borbotones y prácticamente sin pensarlas ni analizarlas demasiado que soy una especie de adicta al trabajo. La manera más sutil que encontré para disfrazarlo es llamarlo algo así como “ocio creativo”.

Un profesor de la facultad me dijo una vez que soy una “chica de negocios”. Y no porque sea de las que les va bien impulsando proyectos , ganando el primer millón como profesaba Bacilos en una canción. Sino porque negocio en verdad significa, negar el ocio. Quitarse esos espacio de despeje y esparcimiento.

Para mi esos momentos siempre están llenos de todo lo que quiero hacer y que proyecto a futuro. Casi nunca, me atrevería a decirles, que se llenan de la nada. No existe eso de mirar el techo y decir “uff, estoy satisfecha”. No paro. No paro nunca.

Y eso tiene sus consecuencias porque te convierte en una locomotora que se pasa las estaciones y que va para adelante. Que sin darse cuenta no valora del todo los logros, no ve lo que deja atrás.

Si te asomás un poquito percibís que te moviste un montón. Muchísimo. Te ves en un lugar en el que no te imaginabas ni siquiera el año pasado. Diciembre es el mes cliché de los balances y sin ir más lejos es como que la cabeza se te pone en ese modo de decir “che, este año pasó esto, esto y esto otro”. Y la verdad es que personalmente no me fue tan mal. Me mudé, me recibí, me va bien en el trabajo y hasta me atrevo a arriesgar que soy feliz.

Creo que mis veintis son esa estapa que en 2018 va a quedar atrás pero es un periodo de diez años en los que casi nunca hubo balance. Porque voy a fondo con lo que quiero y con lo que me gusta a nivel profesional pero muchas veces dejé lo humano de lado. No paré de trabajar, no paré de estudiar pero tampoco paré de tener altibajos porque me faltaba el otro lado de la balanza. Y ese llegó con una partecita de mis veinti ocho y estos hermosos veintinueve.

La clave es el balance porque es dejar que las cosas sucedan. Es entender que ir “a todo ritmo” no siempre significa llegar a lo que queremos o tener todo controlado. Parar la bola, como se dice en criollo, es tomarte el tiempo para hacer el deporte que tanto te gusta, para juntarte con las amigas que tanto querés, para estar con tu familia pasando un buen rato. Para encontrar el amor más lindo de un novio que te llena. Para que todo lo que querés que pase suceda y a veces no cuesta nada más ni nada menos que dejar un poco en paz a las neuronas y darle lugar al querer, al sentir.

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